Una Nakba para todos

Puente Allenby

Por Alí Calatayud

15 de Mayo de 1948. Mientras en la capital de una España también ocupada, aunque de otro modo, mis abuelos celebraban San Isidro Labrador – patrón de Madrid de origen andalusí-, en el otro extremo del Mediterráneo -ese mar que por entonces ya llevaba a sus espaldas el nacimiento de las más grandes civilizaciones y el estallido de las más sangrientas guerras- otro país, otro pueblo, eran ocupados. Los palestinos y, en general, los árabes, lo llaman, hasta el día de hoy, An Nakba, “La Catástrofe”.

El sionismo, que desde el fin de la Primera Guerra Mundial transportaba masivamente judíos de Europa al mandato británico de Palestina, había conseguido que la resolución de Naciones Unidas que decretaba la partición del territorio en dos estados, uno palestino y otro judío, otorgara a la población judía más de la mitad del territorio, mientras ésta sólo representaba el 33% de la población. Además, aunque la fecha asignada para la proclamación de ambos estados era el 15 de Mayo, ya desde marzo la Haganá, organización precursora del futuro ejército israelí y comandada por el futuro presidente israelí David Ben Gurión, planeaba llevar a cabo el conocido como Plan Dalet o Plan D, que consistía en acosar a la población árabe -con el pretexto de la “autodefensa judía”- para que abandonase sus hogares, con la connivencia de las fuerzas coloniales británicas. Sin embargo, fue en el marco de la primera guerra árabe-israelí cuando el sionismo vio la posibilidad de dar rienda suelta a sus ambiciones. La masacre más destacada fue la de Deir Yassin, perpetrada por organizaciones terroristas como Leji o Irgún, ésta última responsable del atentado contra el Hotel Rey David de Jerusalén en 1946 y que se llevó la vida de 91 británicos. En esta aldea murieron más de 100 palestinos a manos de las citadas organizaciones sionistas que fueron, por cierto, las primeras en emplear el terrorismo como medio político en Oriente Medio. Sólo fue una de tantas.

Así, hace sesenta y nueve años, más de 750.000 palestinos salieron de su tierra –sus descendientes superan hoy los cinco millones-, la que pisaban sus antepasados desde hacía milenios, hacia campos de refugiados en Jordania, Líbano o Siria. Famosa es la instantánea en la que cientos de ellos cruzan el río Jordán por el puente Allenby. Sí, llamado Allenby en honor al general británico que en 1917 tomó Jerusalén al Imperio Otomano y pronunció su famosa frase: “Por fin acaban las cruzadas”-¿Sería un “cruzadista”?-.

Muchos de sus descendientes conservan, hasta el día de hoy, las llaves de sus casas, igual que muchos descendientes de moriscos españoles residentes en el norte de África. La llave se ha convertido en símbolo del derecho al retorno, apoyado por la resolución 194 de la ONU, que garantiza el derecho de los palestinos expulsados en el 48 a regresar a su tierra, lo que ahora se llama Israel. Un derecho que supone, hasta ahora, el principal escollo en cualquier negociacón de paz entre israelíes y palestinos.

Esta Nakba y el derecho al retorno que de ella se deriva son, según el periodista de origen Palestino Samir Kassir, “la razón de la existencia de sentimientos de persecución y de la profunda inquietud que impregna el mundo árabe”. Esta Nakba fue una catástrofe, pero no sólo para los palestinos o para los árabes, sino para toda la Humanidad que, desde entonces, ve la paz y la seguridad globales amenazadas por el reguero de sangre e insatisfacción que gotea desde ese 15 de Mayo de 1948.

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