Los dolores de Al-Ándalus


El Embajador Doctor Muhammad Ibn Abderrahmán Al-Bishr 

Introducción

Cuando fui nombrado Embajador Plenipotenciario en China, me fascinaron su cultura y su historia. Las toqué y acaricié desde muy cerca. Es una civilización ancestral, rica y única, de la cual disponemos de muy poca información. Decidí entonces, escribir un libro titulado la Civilización de China.
Al trasladarme al reino hermano de Marruecos, como Embajador Plenipotenciario de la Arabia Saudí, respiré la dulce fragancia de la historia.
En sus manantiales apagué mi sed. Las luces de su civilización enriquecieron mis conocimientos, sus brisas acariciaron mi pensamiento, regaron mis raíces y satisficieron mis curiosidades. Sustentó mi alma la dulzura de su sabor. Descubrí joyas de este tesoro legado por nuestros antepasados, donde escondieron algunos de sus desastres, dolorosos episodios y muchas de sus felicidades y alegrías. Me puse a leer obras maestras, conocí maestros de letras como Ibn Ḥayyán, Al- Maqrí, Ibn-Bassám, Ibn Jaldún, Ibn Ḥazm, Ibn Abdi Rabbih, Ibn Al-Abbár, Ibn Al-Jatíb, Addabbí, Ibn Baškuál, Al-Qudáí, El Murrákuší, Ibn Abí Zar’, Ibn Diḥya, Ibn Jákán y otros más.
Esas obras fueron mi mejor sustento y el compañero preferido de mi soledad e intimidad. Impaciente, esperaba la hora de volver a casa. Disfrutaba de todo lo que mis ojos y mi alma acariciaban y almacenaban. Saboreaba la dulce poesía, la elocuente prosa y la bella letra.
Descubrí en la historia de Al-Ándalus muchos dolores y tragedias que destrozaron mi alma, derramaron mis lágrimas, encogieron mi corazón y quemaron mis sentimientos.
Si el término “lau” (si) no fuese de Satán, todo el libro sería bajo forma de “si”. Evidentemente, se perdieron innumerables ocasiones a causa de conflictos internos y personales, envidias, mujeres, amor egoísta de los hijos y otros factores ajenos. Entre todos esos obstáculos encontraba siempre una ventanilla por la cual podía penetrar y ver esos episodios en las páginas y folios de mis fuentes.
Se perdió Al-Ándalus después de haber constituido durante largo tiempo el puente hacia Europa. Lo destrozaron sus propios hijos. ¿Qué podemos replicar ante esa situación? ¿Hemos asimilado la lección y entendido el escarmiento?

Al-Ándalus podría haber hecho que toda Europa fuera una tierra musulmana y permitirle beneficiarse del Islam, pero sus hijos se lo impidieron. Sus comportamientos iban en contra de los mandatos de Dios.

Los musulmanes penetraron y ocuparon Al-Ándalus ayudados por una mujer. Cayó Al-Ándalus y se perdió después de que las mujeres hubieran desempeñado un papel importante, durante largo tiempo, en los episodios de su historia.
Don Julián, Gobernador de Ceuta, mandó a su hija al palacio de Rodrigo, rey de los godos. Era costumbre en aquel tiempo que las doncellas se críaran en los palacios del rey. Rodrigo la deseaba y se aprovechó de ella. Para vengar el honor de su hija, Don Julián ayudó a los musulmanes a cruzar las fronteras y así empezó la conquista de Al-Ándalus.
Árabes y beréberes, sin distinción alguna, se lanzaron en tierras nuevas para difundir el Islam e incitar a su adopción como doctrina religiosa sin forzar a los que querían conservar sus creencias y su religión.
Durante los primeros periodos, los conquistadores consiguieron grandes éxitos en breves décadas. Godos y europeos se deslumbraron ante sus hazañas y logros y los ifranğ se preguntaron, según describió el libro de Al-Mushib, sobre este fenómeno: “¿Qué maldición nos persigue? Temíamos a los árabes procedentes de oriente hasta que salieron de occidente. Se apoderaron de Al-Ándalus y de sus riquezas a pesar de ser un grupo reducido.
Su rey les contestó: “En nuestro juicio de valor, ¡dejadles avanzar! Son semejantes al diluvio que arrastra todo lo que encuentra en su cauce, tienen proyectos e ideas que superan todo cálculo y corazones muy fuertes, de hierro. ¡Dadles tiempo! hasta que llenen sus puños de despojos, ocupen palacios y residencias, disputen el poder y se entrematen entre ellos. En aquel momento podéis acabar fácilmente con ellos. Así fue a causa de la “fitna” que opuso los baladíes a los chamíes, los beréberes a los árabes y los mudaríes a los yemeníes. Buscaba cada uno apoyo en el campo enemigo para vencer a su vecino y hermano.”
Al-Ándalus se perdió entonces y se destrozaron sus piezas. Permanecieron magníficas huellas del esplendor de esta civilización, que hicieron derramar las lágrimas de los descendientes que la leyeron o vieron sus restos.
La historia de Al-Ándalus fue amueblada de envidias, conflictos, deseos de venganza y rivalidades para apoderarse del poder, según la época y la fuerza de los gobernadores que la crean, la arden o la extinguen.
Afortunadamente, no permanecieron durante todo el periodo de Al-Ándalus las rivalidades entre sectas y doctrinas. Después de Al-Auza‘i se instauró la doctrina de Málik, en periodo de Hišám Ibn ‘Abderraḥmán Addájil. Factor que evitó muchos conflictos doctrinales que habrían sido peores y más graves que las guerras.
En la primera etapa de “Fatḥ” Al-Ándalus” (la conquista) no hallamos en los episodios de la historia huellas de la participación femenina excepto aquella alusión a ‘Abdelaziz Ibn Músa que se casó con la esposa de Rodrigo, el rey vencido. No obstante, su papel fue importante pero los historiadores no les prestaron gran interés.

El periodo Omeya fue marcado por la consolidación de un Estado político estable. A los veintidós o veinticuatro años pisó ‘Abderraḥmán Addájil la tierra andaluza aprovechándose de la situación reinante. Fue un hombre experimentado, prudente, perspicaz, poderoso y severo con sus enemigos e incluso con los suyos. Así fue fundado el emirato joven de Al-Ándalus cuyos frutos saborearon los andalusíes y sembraron sus semillas los europeos hasta alcanzar el desarrollo que vivimos actualmente.
Después de la muerte de ‘Abderraḥmán Addájil le sucedió su hijo Hišám: hombre piadoso, modesto y bueno. Durante su era, la doctrina malikí conoció su plenitud y estabilidad.
El periodo del hijo Al-Ḥakam Ibn Hišám Arrabadí fue totalmente distinto del anterior, le apasionaba el juego y le gustaba la voluptuosidad de los placeres. Fue arrogante y mató a un gran número de sabios y ulemas en el asalto de Arrabaḍ, de allí adquirió el apellido Arrabadí. Le sucedió al trono del emirato ‘Abderraḥmán ibn Al-Ḥakam apodado ‘Abderraḥmán al Ausat. Siguió las huellas del padre, le enloquecían el lujo, los palacios, la música y las mujeres, pero nunca se exhibía en público, dedicado a sus placeres e impregnado en sus delicias, no mató por sospecha ni fue cruel. Famosa fue su historia con Tarúb, su favorita y amante, a quien entregó las riendas de su corazón mientras ella se apoderó de su vida y la orientó gracias a la complicidad con uno de los eunucos llamado Naṣr.

Al fallecer, dejó 150 hijos y una cifra similar de hijas. Le sucedió su hijo Muḥammad, luego Al-Munḏir Ibn Muḥammad, sucedido por Abdulláh Ibn Muḥammad hasta llegar a su nieto Abdulláh apodado ‘Abderraḥmán Annáṣir. Su periodo constituía la perla central del collar. Un poder potente reinaba en la zona y un gran esplendor marcaba todos los aspectos de la vida. En la misma época fue construida Medina Záhara. Se sucedieron las delegaciones de diferentes localidades en sus puertas suplicando su afectuosa amistad y concertando treguas.

Su periodo fue de alto auge casi sin tragedias ni dolores, una era de paz y de tranquilidad a pesar de los pequeños disturbios que no faltaban en ninguna época. Sin embargo, las guerras y las armas fueron sustituidas por intrigas y conflictos de y entre mujeres que dejaron un gran número de víctimas entre visires, jefes y gente de la Corte. Fue marcado el periodo también por todo tipo de distracción, lujuria y pasión por las mujeres.
La época de su hijo Al-Ḥakam apodado Al-Mustanṣir, califa de los musulmanes como su padre, fue menos turbulenta. Compiló una cantidad considerable de libros, prohibió el vino y arrancó las vides intentando erradicarla de todo Al-Ándalus, sin completarlo. Durante su periodo reinaba la tranquilidad salvo la amenaza de los fatimíes que venía del Mašreq y algunos disturbios en el norte. Al contrario, conflictos, rivalidades, intrigas y engaños entre detentores del poder amueblaron la escena histórica de Hišám Al-Mu’ayyad Billáh, lo que llevó al poder a un niño de 12 años y a su madre Subḥ mientras el verdadero poder lo peleaban tres bandos: los saqáliba, responsables del palacio, Al-Ḥáğib Ǧa‘far al-Musḥafí, caudillo del Estado y Muḥammad Ibn Abí ‘Ámer, director de la šurta (policía pública) y el preferido de Subḥ. La victoria la llevó el sultán del corazón, quien dirigió las riendas del poder. Así fue fundado el gobierno de Al-Ḥáğib Ibn Abi ‘Ámer y manteniendo en la fachada a Hišám al-Mu’ayyad bi-llah. En realidad, Al-Ḥağib Al-Manṣúr fue poderoso, valiente y temía a Dios cuando se lo recordaban.
Lo sucedió en la ḥiğába su hijo ‘Abdelmalik Al-Muḏaffar durante siete años denominados “séptimos” haciendo alusión a los siete días de la recién casada. Durante su periodo, la ‘ámma no sufrió tremendas tragedias como las que se movían en el entorno del palacio. Le sucedió su hermano ‘Abderraḥmán Sanchuelo. Su carácter, su personalidad y su escasa capacidad para el gobierno provocaron un periodo de anarquía y revueltas. No fue aceptado como heredero del trono por ser descendiente de Sancho, rey de Castilla y enemigo del Estado islámico. Sus oponentes se aprovecharon de la situación y concretaron sus planes de venganza. Las figuras más destacadas fueron Addalqáe y Sulaymán Ibn Al-Ḥakam. Creyó la madre de ‘Abdelmalik Muḏaffar que Sanchuelo envenenó a su hijo para apoderarse del gobierno. Escribió, ella entonces, a los Beni Maruán incitándoles a recuperar su poder. Gracias a su apoyo, Moḥammed Ibn Hišám Al-Maruání, apodado Al-Mahdí, logró entrar en Córdoba, encarceló a Hišám al-Mu’ayyad y forzó el palacio de Addalqáe que le ayudó. Durante los acontecimientos falleció uno de los dimíes, certificaron los alfaquíes que fue el califa Hišám y proclamaron otro nuevo califa de los muslimes, Moḥammed Hišám Al-Maruání. Por su parte, se dedicó al vino y a rodearse de mujeres y doncellas dejando aparte la gestión de su nuevo gobierno.
Reclamó Sulaymán Ibn Al-Ḥakam Ibn ‘Abderraḥmán Annáṣir el califato solicitando apoyo a los beréberes y cristianos atribuyéndose el nombre de Al-Mustaín Billáh y se apoderó de Córdoba. Se escapó Moḥammed Ibn Hišám refugiándose en Toledo, reino de los cristianos y liberó al califa Hišám Al-Mu’ayyad, supuestamente muerto. Volvió de nuevo a actuar en la escena política. Mandaron sus aliados al califa Al-Musta‘ín la cabeza de Al-Mahdí pidiéndole reconocer a Hišám Al-Mu’ayyad, que apareció de nuevo, como califa. Se negó Al-Musta’ín y le declaró la guerra terminando por exterminarlo. Convocaron algunos notables de Córdoba a Ali y Kácem, hijos de Ḥammúd Ibn Maimún Al-Idrísí Al Ḥasaní, que fueron walíes en Ceuta y Algeciras, pidiéndoles apoyo para deshacerse del califa Al-Musta’ín. Al llegar, declararon muerto a Hišám Al-Mu’ayyad y mataron a Al-Musta’ín, a su padre y a su hermano. Así fue proclamado el nuevo califa, una figura ḥasaní ajena a los Bení Maruán. Sin embargo, se proclamó califa por su parte, ‘Abderraḥmán Ibn Moḥammed Ibn Abdillah Ibn ‘Abderraḥmán Annáṣir apodado Al-Muhtadí, pero lo mataron en el baño. Los eunucos nombraron sucesor a su hermano Al-Qácem llamándolo Al-Má’mún, al cual se opuso Yaḥyá Ibn Ali, factor que le obligó a volver de nuevo a Sevilla. Así fue Yaḥyá califa en Córdoba y su tío en Sevilla reconociéndose mutuamente. Fue esa la característica de un Ándalus extraño y perturbado, lo que apresuró la caída de sus reinos como hojas del otoño y contribuyó a su decadencia. Se levantaron los cordobeses contra Yaḥyá y proclamaron a ‘Abderraḥmán Ibn Hišám Ibn Al-Ḥakam, apodado Al-Mustaḍhir Billáh que fue matado por su primo Moḥammed Ibn ‘Abderraḥmán Al-Mustakfí, padre de Walláda, la famosa amante de Ibn Zaydún. Finalizó su periodo con la fitna, por lo cual despareció el califato de Córdoba y se disolvió el poder entre los reinos de taifas.
No fue ninguna sorpresa la aparición de Ibn Ǧahuar en Córdoba, Ibn ‘Abbád en Sevilla, Ibn Ḍí Annún en Toledo, Ibn Húd en Zaragoza y otros en varios sitios porque preparaban sus reinos independientes mientras se dislocaba el califato. Los conflictos y guerras entre ellos hicieron caer Toledo y otras fortalezas en manos de cristianos que además empezaron a cobrar tributos. Sin embargo, la presencia almorávide hizo retrasar la dominación cristiana en Al-Ándalus. Los almorávides vinieron de Lamzuna, la tribu beréber de Senada, se convirtieron al islam y lo defendieron. Su movimiento fue de carácter religioso en sus comienzos, encabezado por Abdullah Ibn Yásín, hombre piadoso, muy religioso y aficionado a las mujeres. Se casaba y se divorciaba varias veces mensualmente. Tras su muerte lo sucedió Abu Bakr alanzan ayudado por su primo Yusuf Ibn Táchafín. Según las fuentes fue un hombre religioso, serio y piadoso, cruzó con su ejército el estrecho invitado por algunos reyes de taifas. Así sucedió la famosa batalla de Azzaláqa con la gran victoria del islam y de los musulmanes. Sin embargo, a pesar de ese gran éxito no continuó su travesía hacia España, a causa de la muerte de uno de sus hijos. Volvió otra vez hacia la península ibérica solicitado por algunos reyes de taifas y denegado por Al-Mu´tamid Ibn ‘Abbád, el más cercano a los corazones y el famoso poeta. Fue desterrado a Aghmát (cerca de Marrakech en Marruecos) donde falleció y fue enterrado. De su tragedia hablaron escritores y poetas y de su destino lloraron los desdichados. Algunos de sus versos fueron grabados sobre su tumba y aún permanecen como testigo de su historia.
Yúsuf murió en el año 500 de la hégira a los cien años después de haber realizado una gran labor, sin embargo se sucedieron los dolores de Al-Ándalus derramándose de las colinas como un diluvio, cada vez que la gente aspira a la tranquilidad y a la paz. Los musulmanes fueron derrotados en España por los cristianos en las guerras de Cuarte y de Cutanda y amenazados por los almohades desde Marruecos dirigidos por Moḥammed Ibn Túmart. Después de la muerte de Yúsuf Ibn Táchafín, su hijo sólo gobernó durante tres años y luego fue sitiado y matado por los almohades. Toledo cayó en manos de los cristianos durante la época de los reinos de taifas y le siguieron Zaragoza, Tudela y sus alrededores a finales de la época de los almorávides. Los reinos de taifas cayeron uno tras otro como si fuesen joyas de un collar precioso y roto, y desapareció el poder de los musulmanes en Al-Ándalus.
Apareció luego Moḥammed Ibn Túmart, descendiente de Al-Ḥusain Ibn Al-Ḥasan Ibn Ali Ibn Abí Táleb, apodado Al-Mahdí. Fue un hombre piadoso, luchaba contra lo flagrante e incitaba a la gracia. Llegando a la ciudad, permaneció en la mezquita observando desde ahí la calle y a la gente y destruyendo todo instrumento musical o utensilios de vino. Se quedó un día con ‘‘Abdelmúmen, un maestro de niños, y le pidió que le ayudase en la difusión del islam. Entró en tregua con los almorávides y luego se opuso a ellos declarándoles la guerra y pasando del insulto al enfrentamiento. Puso a la cabeza del ejército ‘Abdelmúmen y dijo a sus hombres: “¡Sois creyentes y éste es vuestro príncipe!”. Posteriormente, murió Moḥammed Ibn Túmart y le sucedió en la responsabilidad militar ‘Abdelmúmen Ibn Ali, quien dirigió una guerra de la cual salieron victoriosos los almohades mientras los reyes de taifas se apresuraron a someterse y expresar su vasallaje al nuevo emir.
Después de su muerte fue nombrado su hijo Yúsuf y luego Ya‘qúb Ibn Yúsuf Ibn ‘‘Abdelmúmen. Su reino conoció victorias y éxitos, sin embargo sucedió en Al-Ándalus otra tragedia en el mismo periodo, marcado por la introducción de una nueva ideología y pensamiento que tuvieron graves consecuencias y peores impactos sobre la vida política futura.
Su hijo Moḥammed Annáṣir subió al trono a los diecisiete años y tuvo lugar en aquel entonces la guerra de las Navas de Tolosa, donde hizo pagar a todos los que acometieron contra los almorávides y los almohades. Con su mala gestión y su escasa capacidad para gobernar Annáṣir provocó uno de los episodios más dañinos y dolorosos que conoció la historia de Al-Ándalus.
Derrotado, el rey se retiró dedicándose a sus placeres y quehaceres sin interesarse ni por los asuntos de su reino, ni por lo que está pasando fuera de su palacio. Parece que la derrota le causó un gran choque que lo dejó sin voluntad ni capacidad para afrontar la vida diaria, comportamiento calificado de suicidio e inadecuado al camino de los creyentes. Según las Fuentes, falleció mordido por un perro o envenenado o sufriendo un ataque. Su hijo Yúsuf Al-Mustanṣir le sucedió a los dieciséis años. Fue joven, aficionado al juego y al toreo de las vacas. Mientras estaba toreando un día le dio una vaquilla indócil un golpe al corazón que lo dejó sin vida.
Como no tenía heredero, los notables y jeques nombraron rey a ‘Abdeluáḥid Ibn Yúsuf Ibn ‘‘Abdelmúmen, a los sesenta años. Se pelearon por el poder, se mezclaron las intenciones y acciones, y cada uno de los almohades pretendía tener la representatividad legal del reino y la legitimidad. No tenemos que olvidar que el reino islámico en aquella época estuvo rodeado de tres fuertes provincias cristianas: Aragón en el este, Castilla en el centro y León en el oeste, que no se cansaban de atacar a los reinos islámicos colindantes y apoyaron también a los que se mataban entre ellos y solicitaron su apoyo y socorro. Les ayudaron a cambio del vasallaje y de un tributo que debían pagar asegurándose así la permanencia en el trono.
Córdoba cayó fácilmente en manos de Alfonso, lo que causó una profunda herida en el cuerpo islámico. Fue un golpe que rompió los corazones y provocó los profundos y tremendos suspiros de las montañas, de las estrellas y de los mares. Los conflictos y guerras entre los distintos reinos hicieron desaparecer y perder los episodios de una gran gloria, de Al-Ándalus, empezando por Toledo, pasando por Córdoba y terminando por otras en un lapso que no sobrepasaba treinta años.
Cuando el rey de Aragón Alfonso de Castilla vio que se apoderaba de Córdoba sin gran dificultad ni resistencia, decidió lanzarse hacia Valencia que pertenecía a la comarca de su interés y formaba parte de un pacto firmado con antelación. Asedió a Zián que se quedó sin apoyo de los suyos, ni recibió respuesta de Ibn Al-Abbár, gobernador de Túnez. Fue así cómo se sometió la ciudad vencida.
Entre peores y dolores Sevilla permaneció autogobernándose, lo que suscitó el apetito de Fernando III, rey de Castilla y decidió dominarla. Tuvo el permiso del Papa pidiéndole cobrar el tercio del tributo otorgado a la iglesia para preparar su campaña. La asedió durante quince meses y entró victorioso al final en sus palacios y transformando la mezquita en una gran iglesia. Logró realizar su sueño ayudado y apoyado por Ibn Al-Aḥmar, rey de Granada cumpliendo así un acuerdo que le obligaba a prestarle ayuda temiendo perder su trono.

Conoció Al-Ándalus una verdadera tragedia a causa de todos esos episodios dolorosos y negros de la historia. Fue una catástrofe provocada por graves errores repetidos y conflictos de intereses personales y egoístas.

Permaneció Ibn Al-Aḥmar en Granada, un pequeño reino, que perduró dos otros siglos y medio gracias a la voluntad de Dios, después de la gran decadencia del gigante Al-Ándalus. Sin embargo, no volvió esta ciudad a gozar de su plena libertad a causa del dinero y del tributo que pagaba a sus enemigos colindantes. Durante sus últimos días de vida, mientras estaba agonizando entre los conflictos y disturbios, el rey de Castilla decidió poner fin a la existencia y resistencia musulmana en esta ciudad, la asedió, la violó y la ocupó bajando las cortinas sobre un gran esplendor y poniendo fin al último episodio de las tragedias de Al-Ándalus con las palabras de ‘Aiša Al Ḥurra, madre de Abdulláh el menor diciéndole: “¡llora como mujer lo que no supiste defender como hombre!”.
La catástrofe y los dolores de Al-Ándalus residen en dos graves placeres: el placer del poder y del deseo, de allí desembocaron todos los peligros. El placer del poder justifica el hecho de sacrificar a la gente, la tierra y el dinero para conservarlo, en querer seguir en el trono, mientras que el placer del deseo empujó al gobernador andalusí a inclinarse y debilitarse ante las esclavas, criadas, esposas, hijos y vino. Así se sacrificó la buena gobernanza, la competencia, la eficacia, el dinero y la riqueza de “Bayt mal” (tesorería) de los musulmanes.
Escribí esa obra apoyándome en diferentes fuentes, en obras maestras, en escasas informaciones y en todos los textos que pude pescar y encontrar en relación con el tema, empeñándome en trasladar, describir y narrar las tragedias de Al-Ándalus y de los andalusíes como ocurrieron, deseando hacerle suceder otro libro sobre las alegrías para permitirle al lector conocer la otra faceta de esta historia que abunda en dolores y alegrías, implorando a Dios Todo Poderoso apoyo, eficacia y perspicacia en todo lo dicho y hecho.

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