Je suis Ahmed: doblemente víctimas

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Por Alí Calatayud

El policía francés Ahmed Merabet, el agente herido y posteriormente ejecutado a sangre fría por los terroristas que atentaron contra la redacción del semanario Charlie Hebdo, representa a la perfección a la inmensísima mayoría de los musulmanes del mundo y, en especial, a los de Occidente. Me vienen a la cabeza los versículos del Corán en los que Dios dice lo que se podría traducir como: “[…]Quien mata a un ser humano […], es como si hubiera matado a toda la Humanidad […]” cuando veo la imagen, repetida hasta la saciedad, del verdugo encapuchado disparándole a bocajarro. De hecho,  siento que, esa bala nos mató un poco a todos. Y lo hizo doblemente. En primer lugar, porque se trata de una muerte innecesaria, arbitraria e indiscriminada, como las otras once que tuvieron lugar aquella mañana. En segundo lugar, porque  Ahmed era musulmán y, precisamente, un musulmán mucho más ejemplar que quienes le asesinaron. Un musulmán que se sentía tan francés, tan europeo, tan ciudadano al fin y al cabo, que decidió dedicar su vida a las fuerzas de seguridad del estado. Un musulmán tan comprometido con su profesión y la defensa de los demás que no dudó en cumplir con su deber y obedecer la orden de defender a un medio que había ofendido a su religión no mucho tiempo antes y por  el cual acabó haciendo el sacrificio máximo.

Pero sobre todo, aquella bala, como cada atentado que algunos desviados cometen en nombre del islam, nos ha puesto en el punto de mira y dificulta más aún si cabe nuestra vida en las sociedades a las que pertenecemos. Cada acto violento pone en nuestra contra a una inmensa masa de ciudadanos medios no musulmanes y poco capaces de analizar la actualidad y discriminar entre musulmanes y terroristas. Además, nos hace avergonzarnos de una parte de nuestros hermanos que no tienen el islam como religión y sistema moral, sino como fuente de una pseudoideología destructiva y dañina para con el propio islam. Esa bala del calibre 7,62 nos puso a todos entre dos fuegos. Ha colocado a la infinidad de musulmanas europeas que van a estudiar y trabajar con su hiyab en un fuego cruzado de miradas torvas en trenes, autobuses, escuelas u oficinas. Ha impactado directamente en la imagen de los millones de musulmanes que en nuestro continente vamos con nuestra barba y nuestro nombre a trabajar, y la ha roto en mil pedazos.

Y es que los musulmanes somos las mayores víctimas de estos indeseables, no solo numéricamente –sabido es que en Iraq y Siria los musulmanes constituyen la mayoría de los asesinados por grupos extremistas- sino también cualitativamente, pues nos vemos atacados desde el exterior y decepcionados y vilipendiados desde el interior.

Quiera Dios aumentar el sentido común en nuestra comunidad y ayudarnos a discernir entre lo correcto y lo errado.